Design

 

 

 

Voces de la Tierra/ Voices of the Earth

Obra sonora/Sound works

 

 

 
 

 

 

 

Las Voces de la Tierra

 

Las Voces de la Tierra es un proyecto de exploración de paisajes sonoros, que recoge las impresiones y vibraciones de largos viajes por las selvas suramericanas, la vivencia de los lugares y sus sonidos. Son hojas sueltas de un diario íntimo por las selvas húmedas del Amazonas, los bosques de niebla de los Andes y las costas cálidas del Caribe.

Caminos recorridos sin prisa, escuchando el canto de la vida y contemplando la multitud de formas que han surgido de la creación desbordada del trópico. Una selección personal de murmullos, sonidos antiguos y eternos surgidos de la profundidad de las sombras, voces ocultas tras los velos de la niebla o de la espesura de las cortezas - una geografía de los sonidos de los bosques.

Cantos rituales de la danza macuna de los espíritus, invocaciones inga que despiertan las fuerzas primordiales de lo vegetal y cantos kogi a la Madre Ancestral, todos ellos diálogos con los animales y los espíritus de la tierra y del agua, se entremezclan con los sonidos registrados en los diversos paisajes: un amanecer en una laguna amazónica, un crepúsculo en el interior de la selva, el vuelo de los colibríes en el bosque andino, los coros de ranas en la noche, el suave oleaje de una playa caribe al amanecer.

Los sonidos naturales proponen atmósferas y bases rítmicas, y en dos momentos se realiza en el paisaje sonoro una intervención musical: sobre un paisaje de crepúsculo en el interior de la selva amazónica, Tiko Arnedo responde con sus flautas al canto de los pájaros, y con el oleaje de mar como bajo continuo, Luis Fernando Echavarría y Beatriz Vargas recrean con caracoles marinos y ocarinas precolombinas sonidos que hicieron eco milenios atrás en tierra americana, en un ejercicio de arqueología del sonido.

Voices of the Earth

 

Voices of the Earth is a soundscape exploration project that gather the imprints and vibrations of long journeys through the South American jungle, the experience of places and their sounds. These are the loose pages of an intimate diary through the Amazon’s humid jungle, the Andean cloud forests and the balmy Caribbean coast.

Tracks traveled at a slow pace, listening to the chant of life, gazing at the enormous variety of shapes that have sprung from the overflowing creativity of the tropics. A personal selection of murmurs, ancient and eternal sounds emerging from the depth of the shadows, voices hidden by the veils of the mist or the thickness of the bark - a geography of the sounds of the forest.

Ritual chants of the Dance of the Spirits of the Makuna, the pleas of the Kamensa that awaken the primitive forces of the vegetation, and the chants of the Kogi to the Ancient Mother, all of them are dialogues with the animals and the spirits of the earth and the water that intermingle with the sounds recorded in the various landscapes. Dawn in an amazon lagoon, sunset in the deep of the jungle, the flight of the hummingbirds in the Andean forest, the frogs croaking in the night, the soft swell of a Caribbean beach at dawn.


The natural sounds suggest environments and a fundamental beat: Over a dusk landscape within the Amazon jungle, Tiko Arnedo answers with his flutes to the singing of the birds, and at the end the waves of the sea are the basso continuo that accompanies Luis Fernando Echavarria and Beatriz Vargas, who with seashells and pre-Columbian ocarinas recreate sounds that echoed in American land thousands of years ago, as an exercise of an archeology of sound.

Macuna, canto de los peces/ fish's song

Amazonas (Tiko Arnedo, flauta/ flute)

Kogi, canto del colibri/hummingbird song

Pusheo (Luis Fernando Echavarría, Beatriz Vargas, percusión y ocarinas/ percussion and ocarinas)*

* Fragmento de sonido ambiental producido para acompañando la exhibición del Museo del Oro, El Mar Eterno Retorno, Lisboa, Portugal , 1998 / Fragment of a sound environment produced for the Colombian Gold Museum's exhibition The Sea, Eternal Return, Lisbon, Portugal, 1998.

 

VOCES DE LA TIERRA. Paisajes sonoros del Amazonas, los Andes y el Caribe

VOICES OF THE EARTH. Soundscapes of the Amazon, the Andes and the Caribbean

Fotografía y texto de / Photography and text by Diego Samper.

Prólogo/ Foreword: William Ospina Diego Samper Ediciones, 1999.

De Voces y Silencios

Es una experiencia extraña, en la era del ruido, salir en busca de los territorios donde todavía habitan los sonidos antiguos. El primer obstáculo que se encuentra en esta aventura no está en la selva o en sus seres. Se encuentra profundamente impreso en nosotros mismos: está en nuestra actitud respecto al escuchar, en la distancia que hemos tomado de los ritmos fundamentales de la naturaleza. Está en nuestra negación continua del tiempo presente: habitamos el pasado y el futuro, sin escuchar el instante. Está, y aquí surge la paradoja, en nuestro temor al silencio.

Caminar despacio por el bosque y escuchar el sonido de las pisadas, imaginar el sonido del pie descalzo de los primeros hombres. Imaginar, también, el paso de los animales tras los cuales iba el cazador.

Sentir de nuevo el pulso de la tierra, el fluir del río sin tiempo, la palpitación perenne del mar. Vibrar con los sonidos eternos y con las voces de los antiguos seres del bosque ... y todos somos antiguos cuando reconocemos nuestra pertenencia a la tierra.

Los pueblos indígenas que habitan las selvas de América del Sur reconocen en los sonidos de la naturaleza las voces de los espíritus ancestrales. Tal es el caso de los macuna del Amazonas colombiano, quienes en la danza de los espíritus cantan al unísono con los seres creadores, afirmando así su pertenencia a la tierra.

La vida ha ejecutado, desde sus remotos orígenes, una sola sinfonía en infinidad de movimientos que se suceden sin interrupción, del día a la noche, de un territorio a otro, de un milenio a otro. Un canto a miles de voces de un único ser viviente que ha cubierto la tierra por millones de años: Shibalauneuman, la madre de todos los cantos para los kogi del caribe, la Pacha Mama de los pueblos andinos, Sinchi Sacha, la madre selva del Amazonas ecuatoriano, Romi Kumu, la madre ancestral de los macuna. Hay tantos nombres de la tierra madre como pueblos y tradiciones, pero su canto es uno solo. Aunque el hombre natural ha escuchado esta voz, con frecuencia quien está desarraigado es sordo a las voces de la selva.

El tiempo ha dibujado las piedras y las montañas, las playas y acantilados. Las voces de la escena primera de la creación no han cesado y continúan imperturbables describiendo el paisaje. No es el mismo rumor el de la lluvia en la selva a el de un aguacero en campo abierto. No se escucha el viento del mismo modo en un bosque de bambú que cuando agita un matorral del desierto. Pero tanto la lluvia como el viento son eternos, como lo ha sido el latido del mar.

Al reflexionar sobre la ecología del paisaje, reconocemos en los sonidos una dimensión intrínseca al mismo, eco de la relación entre los elementos y los habitantes. Cada territorio presenta un mosaico de paisajes diferentes, silvestres, rurales y urbanos, y cada uno, por sus sonidos, puede hablarnos de sus esencias. La geografía de los paisajes sonoros de los bosques tropicales de América del Sur esta todavía por ser explorada. Siendo una de las regiones con mayor biodiversidad del planeta, es por lo tanto extraordinaria la riqueza de los sonidos que envuelven permanentemente el espacio. En el trópico, las voces antiguas, las voces de la vida, conforman una inmensa e interminable polifonía, que varía de un rincón a otro del bosque y de un territorio a otro, respondiendo a ciclos de actividad o reposo, y a la distribución territorial de las poblaciones animales; cambia del día a la noche intensificándose en los amaneceres y crepúsculos, y se transforma a lo largo del año en ciclos estacionales que responden al movimiento planetario. La sucesión de períodos de sequía y de lluvias marca claros ritmos naturales, un compás al que responden la vida de los seres. Cada valle o montaña, cada laguna o quebrada es el hogar de diferentes especies de mamíferos, aves, insectos y ranas, y por tanto cada lugar posee un sonido particular. Así como la multitud de seres que habitan el bosque entrelazan sus existencias, con sus voces tejen el espacio sonoro que les permite señalar su lugar en el territorio y encontrar el compañero o compañera para perpetuar la especie. El cántico continuo de la vida es tanto una afirmación de pertenencia como un canto eterno de amor.

Los paisajes sonoros no son estáticos: varían con los ciclos estacionales, pero menos obvia es su evolución y transformación en el tiempo. Donde antes había un bosque ahora puede haber un desierto, unas especies pueden haber desaparecido, y otras haber colonizado la región. Cuales eran los sonidos de la vida en los tiempos arcaicos, que sonidos escucharon los primeros americanos al recorrer estos bosques, que voces se escuchaban en la noches, a que dioses invocaban con sus cantos? los sonidos, a diferencia de los seres, no dejan rastros fósiles.

No podemos ya escuchar los cantos de invocación o las risas de las mujeres de los pueblos ya idos. Hemos recogido sus instrumentos de los escombros y las tumbas, flautas, ocarinas y caracoles, pero no hemos podido escuchar las melodías que de ellos surgían: su música se ha desvanecido en el tiempo, al igual que las voces que resonaban en los templos y que se han desfigurado entre las sombras.


El mutismo de las piedras es el silencio triste de esas voces desaparecidas.

 

Of Voices and Silences

In the age of noise, it is a strange experience to go in search of the places where the old sounds still roam. The first obstacle, we encounter in this adventure is not in the jungle or its creatures. But, it is imprinted in ourselves; in our attitude towards listening and in the distance we have taken from the fundamental rhythms of nature. It is in our denial of the present; we live in the past and in the future without listening to the present. It exists, and this is the paradox, because we are afraid of silence.

Walk slowly through the woods and listen to the sound of the footsteps, imagine the sound of the shoeless foot of the primitive man. Imagine the steps of the animals followed by the hunter.

To feel again the beat of the earth, the timeless flow of the river, the perennial pounding of the sea. To quiver with eternal and ancient sounds, with the voices of the beings of the forest…
… and all of us are ancient when we realize that we belong to the earth.

The indigenous people, who live in the jungles of South America, recognize in nature’s sounds the voices of the ancient spirits. As the Makuna, from the Colombian Vaupes, do in the dance of the spirits when they sing in unison with the creative beings, thus asserting their belonging to the earth. Life has played from its very beginnings, one symphony with an infinite variety of uninterrupted movements, day and night, from one land to the other, from a millenium to the next. A song sang by thousand of voices from a unique being that has roamed the earth for millions of years: Shibalauneuman, the mother of all singing for the Caribbean Kogi’s, the Pacha Mama of the Andean people, Sinchi Sacha the jungle mother of Ecuador’s Amazon, Romi Kumu the ancient mother of the Makuna. The earth has as many names as there are peoples and traditions, but her song is only one. Even though the natural man has heard that voice frequently, those who are rootless are deaf to the voices of the jungle.

Time has drawn the rocks and the mountains, the beaches and the cliffs. The voices of creation’s first scene have not stopped and they relentlessly continue to describe the landscape. The murmur of the rain in the jungle is not the same as the downpour in the countryside. The wind in a bamboo forest is not heard in the same way as when it rustles the thicket in the desert. But the rain and the wind are eternal, as is the heartbeat of the sea.

On reflecting about the ecology of the landscape, we identify in its sounds one of its inherent aspects, the echo of the relationship between the elements and inhabitants of the landscape. A mosaic of different landscapes, wild, rural, and urban is present in each territory, and each one through its sounds can tell us about their essence. The geography of the soundscapes of the tropical forests of South America, has yet to be explored. As one of the areas with more biodiversity in the planet, it has an extraordinary richness of sounds that constantly surround the environment. In the tropic, the ancient voices, the voices of life constitute an enormous and never-ending polyphony, that changes from one corner of the forest to another and from a territory to the next, answering to activity or rest cycles, and to the territorial distribution of the animal populations. It changes overnight, being more intense during dawn and sunset, and it transforms itself throughout the year in seasonal cycles that answer to the movement of the planets. The succession of periods of draughts and rains show clear natural patterns, a meter to which the life of the creatures responds. Each valley or mountain, each lagoon or gully is home to different kinds of birds, crickets and frogs and therefore each place has a particular sound. As the multitude of creatures that inhabit the forest intertwine their lives, they knit a sonorous space with their voices that lets them mark their place in the territory and find their mate to perpetuate the species. The continuous chant of life is not only an assertion of belonging, but also a love song.

Soundscapes are not static, they vary with the seasonal cycles, but their evolution and transformation in time is less obvious. Where there used to be a forest, now there is a desert; some species may have disappeared and others took over the region. Which were the sounds of life in ancient times? Which sound did the first Americans hear when they wandered through the woods? What voices did they hear in the night? To which gods did they sing to? Sounds, unlike creatures, do not leave fossilized tracks.

We can no longer listen to the chanting pleas or the voices of the women of people that are gone. We have recovered their instruments from the ruins and tombs, flutes, ocarinas and shells, but we are not able to listen to the music, that has been lost in time. As have the voices that echoed through the temples and have vanished in the shadows.

The silence of the stones is the sad silence of those lost voices.